Foto de Carmine Furletti en Unsplash
Por María Gabriela Leal
La sociedad contemporánea en muchos contextos llegó a confundir elegancia con marcas de lujo, poder adquisitivo, capacidad de compra y hasta en algunos casos ostentación que pretendía denotar estatus a través de la vestimenta. La elegancia limitada al aspecto exterior y a los esfuerzos concentrados en potenciar la imagen desde afuera ha ido perdiendo fuerza para dar paso a lo que hoy llamamos elegancia silenciosa.
La elegancia silenciosa no impone su presencia, no se exhibe y no depende del entorno social. El origen de la palabra Elegante viene de la raíz latina: Eligere (elegir, seleccionar) por lo que se asocia a la capacidad de saber elegir, la predisposición al buen gusto y al comportamiento distinguido.
La elegancia viene determinada por la educación. Las personas elegantes tienen comportamientos silenciosos, saben escuchar, respetan diferencias, agradecen constantemente, se adaptan a múltiples contextos sociales y culturales, leen situaciones y hacen sentir bien a quienes están a su alrededor.
Reglas de la elegancia silenciosa
- No interrumpir
- No ostentar
- No buscar protagonismo
- No monopolizar conversaciones
- Observar antes de actuar
- Escuchar
- Corregir en privado
- Elogiar en público
La elegancia se reconoce
Hoy día domina lo visible, el ruido y la inmediatez por lo que la educación, la discreción, la empatía y el autocontrol destacan como un valor agregado en entornos hiperestimulados, convierten a la elegancia en un capital social y en una ventaja competitiva.
Se considera la mayor distinción lograr que la presencia hable por sí sola, destacar sin esfuerzos y con discreción sin reducirse al dominio de las normas visibles sino profundizando en la educación, el respeto y el autocontrol que ayudan a mantener una línea de comportamiento estable y coherente: No ser amables sólo cuando conviene, ni respetuosos únicamente en entornos visibles.
El Legado
Si bien es cierto que la elegancia está relacionada con la apariencia, pulcritud, postura, calidad en los textiles y gestos controlados; ésto no es suficiente para ser elegante, se requiere algo más profundo: educación, empatía, inteligencia emocional, adaptabilidad cultural y coherencia personal.
Invertir en educación, buenos modales, etiqueta social es poner los recursos en un capital personal que nunca, nadie, bajo ninguna circunstancia te podrá quitar, es ganancia sin riesgo: siempre serán conocimientos que una vez adquiridos estarán para siempre y serán herramientas de utilidad para desenvolverse con naturalidad en todo tipo de contextos.
El verdadero valor de la elegancia está en lo intangible, no se compra ni se improvisa, se cultiva, se aprende, se practica y se refina. Nunca es tarde para ser una persona distinguida y educada.

